Seis meses de lucha contra el coronavirus: todo lo que todavía no sabemos sobre el Covid-19


| CORONAVIRUS | 03 de Junio del 2020

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Seis meses de lucha contra el coronavirus: todo lo que todavía no sabemos sobre el Covid-19

En el tiempo transcurrido desde que los científicos y los agentes de salud pública del mundo supieron por primera vez del nuevo coronavirus en enero, han tenido seis meses para conocerlo. Han llegado a muchas conclusiones sobre el virus y la enfermedad que causa, desde la importancia de usar cubrebocas para contenerlo hasta la inusual gama de síntomas que provoca. Pero hay grandes lagunas en el conocimiento científico sobre el virus. En este semestre en que los periodistas de la sección de salud y ciencia de The New York Times han estado informando sobre el SARS-CoV-2, hemos relatado algunas de las incógnitas persistentes que han identificado. La resolución de algunos de estos misterios por parte de los científicos determinará nuestro futuro con el coronavirus.

Confusión sobre los números

Una de las grandes incógnitas de la epidemia es cuántos estadounidenses se han contagiado hasta ahora. Solo alrededor de 1,9 millones de estadounidenses han dado positivo hasta el 28 de mayo, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés), o tal vez solo sean aproximadamente 1,7 millones según el Centro Johns Hopkins para la Seguridad de la Salud, que produce un mapa frecuentemente citado de los casos mundiales. Los estadísticos creen que el número real de casos es mayor, pero no está claro cuánto más. Tienen más confianza en la exactitud de los datos producidos por los estados que hacen más pruebas. En ese sentido, el estado de Nueva York está a la cabeza, pues ha hecho pruebas el 9,6 por ciento de su población aproximadamente, lo cual es casi el doble del promedio nacional. (Rhode Island realizó pruebas al 13 por ciento de su población, superando a Nueva York, pero su población es pequeña). 

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Qué papel juega la juventud en todo esto

Hay muchas preguntas cruciales sin resolver sobre los niños y el COVID-19. Encontrar las respuestas no solo es importante para ellos y sus familias, sino para la sociedad en general, ya que las comunidades planean reabrir escuelas, guarderías, parques infantiles y otros lugares que los niños frecuentan. Un enigma es qué papel juegan los niños en la propagación del virus. Parece que tienen menos probabilidades de enfermarse gravemente que los adultos, ya que constituyen alrededor del 2 por ciento de los casos confirmados de coronavirus en Estados Unidos. Existen diferentes teorías sobre si esto se debe a que los niños tienen menos probabilidades de infectarse o si el virus los infecta con la misma facilidad, pero en su mayoría causa pocos o ningún síntoma. De cualquier manera, un creciente cúmulo de pruebas sugiere que los niños infectados pueden transmitir el virus, quizá tan fácilmente como los adultos. Además, un estudio reciente sugiere que cuando los niños asisten a la escuela, entran en contacto con tres veces más personas que el adulto promedio, lo que da pie a más oportunidades para que los niños se contagien y contagien a otros.

Quizá sea un misterio quién fue el primero

La noción de un único paciente cero es tanto teatral como real: en cualquier epidemia nueva, algún alma desafortunada siembra la primera infección, varios de cuyos eslabones están destinados a sembrar sus propias cadenas y desatar un Big Bang viral. Al analizar el material genético de las personas que dan positivo, los científicos pueden rastrear el linaje de cada virus hasta un ancestro común y a menudo hasta un portador individual. El primer caso confirmado de coronavirus en Estados Unidos fue un hombre que aterrizó en el aeropuerto de Seattle-Tacoma el 15 de enero desde China. Otras introducciones llegaron en febrero, y los científicos se están acercando a quién, exactamente, desencadenó el brote en el estado de Washington. Nueva York confirmó su primer caso el 1 de marzo. Algunos científicos han encontrado firmas genéticas en los virus estudiados hasta el momento que los vinculan a Europa, por lo que tal vez fueron traídos por algunos de los millones de personas que llegaron a Nueva York en febrero; es probable que haya habido varias introducciones que se propagaron con celeridad: pacientes cero, muchos pacientes cero.

Eres inmune, pero ¿así será para siempre?

¿La gente que ya se contagió del coronavirus está protegida de volver a infectarse? Y si es así, ¿durante cuánto tiempo?  Las respuestas a estas preguntas tienen amplias repercusiones para la reapertura de la economía y la afirmación de que la gente puede vivir con menos miedo de contagiarse a corto plazo, y para la eficacia de las vacunas a largo plazo.  Los científicos han avanzado de manera constante, aunque gradual, para la obtención de esas respuestas. Cuando el cuerpo se enfrenta a cualquier virus, por lo general, crea anticuerpos, algunos de los cuales son lo suficientemente poderosos como para neutralizar el patógeno y evitar la reinfección. También produce grandes cantidades de células inmunitarias que pueden matar al virus.

Determinar el papel de un receptor

El COVID-19 es una enfermedad volátil. Algunas personas experimentan síntomas ligeros y efímeros, mientras que otras son debilitadas por una enfermedad parecida a la gripe que puede durar varias semanas. Una minoría de pacientes desarrolla complicaciones letales, en esos casos, la muerte es una posibilidad.  ¿Por qué algunas personas sobrellevan la enfermedad sin problema y otras desarrollan la inflamación y el daño pulmonar graves que son distintivos de la enfermedad? Ese es uno de los enormes misterios del COVID-19.  Los expertos dicen que la respuesta inmunitaria a la infección viral determina la gravedad de la enfermedad. Si el sistema inmunitario se desboca puede detonar un torrente de efectos nocivos que podrían dañar los pulmones y otros órganos. La función inmunitaria se deteriora con la edad, y las personas mayores con COVID-19 son de las más vulnerables a los peores resultados, al igual que las que padecen enfermedades crónicas como hipertensión, diabetes y trastornos cardiovasculares. La obesidad, que afecta a 4 de cada 10 adultos estadounidenses, también parece exacerbar la enfermedad.

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